Lo que vi en el Circ de Nadal con animales

Después de años de avances hacia espectáculos sin animales, este invierno Valencia ha vuelto a permitir un circo con animales. El Circ de Nadal se presentó como un evento familiar y moderno, pero lo que encontramos dentro fue algo muy distinto.

02 enero 2026
Valencia, España.

Después de años de avances hacia espectáculos sin animales, este invierno Valencia ha vuelto a permitir un circo con animales. El Circ de Nadal se presentó como un evento familiar y moderno, pero lo que encontramos dentro fue algo muy distinto.

Fui al circo para verlo con mis propios ojos y documentar la explotación que se ha permitido sobre estos animales. Y lo que vi fue un espectáculo muy cutre, mal organizado y con un ambiente triste. Había muy poca gente, solo familias con niños, ilusionados por la actuación de K-Pop, pero ya desde el principio se notaba que aquello no funcionaba. La parte de los animales, además, era lo último del espectáculo y daba la sensación de que sobraba completamente. Cuando salieron, no parecía que al público le gustara. Más bien se notaba incomodidad y pena.

Animales en mal estado y con miedo

Sacaron un camello, ponis de África, una avestruz, un caballo, un burro y una llama de Perú. Iban a sacar una serpiente y un cocodrilo, pero no lograron permiso para estos. Dos de los animales que salieron me impactaron especialmente: el camello y la llama peruana. No caminaban bien y tenían muy mal aspecto. No era una impresión vaga, era evidente que estaban físicamente mal. Un trabajador nos confirmó que el camello se había peleado con otros animales y, según sus propias palabras, esto ocurre porque tienen muy poco espacio donde están alojados, lo que genera conflictos frecuentes. También justificó su forma de caminar por esa pelea y por “ser ya mayor”.

También nos compartieron que ha habido días en los que la veterinaria no ha dado el visto bueno para que los animales salgan al escenario porque el nivel de estrés era tan alto que no era seguro para ellos. En esas noches, aunque el circo quisiera, tenían prohibido sacarlos.

Incluso hay artistas contratadas por el circo que piden que bajen el volumen de la música porque los animales no lo soportan. El ruido, las luces, la gente y los viajes constantes son una fuente continua de estrés.

Estamos hablando principalmente de animales mayores, que llevan toda su vida explotados en circos. Una vida entera en carretera, en jaulas, transportados de un sitio a otro, para salir cinco minutos a un escenario y volver a desaparecer entre lonas y barrotes.

La salida hacia la carpa: lo que no quieren que se vea

No pude ver dónde los tenían antes de salir. Todo está cerrado, aislado y fuera del alcance del público. Pero sí pudimos ver cómo los sacan desde donde están retenidos hacia la carpa, y lo que vimos fue durísimo.

Los arrastraban, los empujaban y les pegaban para obligarlos a avanzar. No era una simple guía. Era coacción física. Muy lejos de la versión que dan al público, en la que dicen que los llevan con “zanahorias”.

En cuanto empezamos a observar y a intentar documentar ese traslado, el personal del circo hizo todo lo posible por impedirlo. Empezaron a coger cualquier cosa que tenían a mano; puertas, planchas de metal, estructuras móviles y las colocaron estratégicamente para tapar el camino hacia la carpa. El objetivo era claro: que no pudiéramos ver ni grabar cómo movían a los animales.

Hemos publicado un vídeo donde se puede ver parte de este traslado. Son imágenes difíciles de ver, pero necesarias, porque muestran el momento que el circo intenta ocultar: cuando los animales dejan de ser “espectáculo” y pasan a ser cuerpos forzados, empujados y golpeados para obedecer.

Bloqueados para que no puedan huir

Cuando los animales entraron al escenario, era evidente que tenían miedo. Muchos intentaban irse, algo completamente natural, pero les bloqueaban la salida con personas formando una barrera humana para impedir que escaparan. Lo más doloroso es que eran los propios artistas quienes formaban esa barrera, convirtiéndose en cómplices directos de esta explotación.

Durante esos cinco minutos de “espectáculo”, un domador estaba todo el tiempo controlando a los animales con un látigo. No lo usaba solo como amenaza. Les daba con el látigo directamente, no de forma brutal, pero sí lo suficientemente fuerte como para que lo sintieran y obedecieran. Golpeaba el suelo y también a los propios animales para forzarles a seguir dando vueltas al escenario. Eso no es entrenamiento. Es intimidación y castigo.

Las familias no sabían que había animales

Durante los días que hemos ido a protestar fuera del circo, hemos hablado con muchas familias que hacían cola para entrar. La gran mayoría no tenía ni idea de que el circo usaba animales. Iban por la parte de K-pop, por las acrobacias, por el espectáculo humano.

Cuando les contábamos que había animales explotados dentro, muchas personas se quedaban realmente afectadas. Varias familias se comprometieron a levantarse y marcharse cuando salieran los animales. Esto es clave: no hay una demanda real de ver animales en un circo. Lo que hay es desinformación.

Esto también explica por qué el Circ de Nadal ha recibido tantas reseñas negativas. La gente se siente engañada, indignada por el uso de animales, por su estado y por la falta de transparencia.

Un circo en declive

El día que asistí no se llegaba ni al 20 por ciento de ocupación. Para intentar llenar el aforo han bajado las entradas de casi 60 euros a apenas 10. Es una señal clara de que el público está dando la espalda a este tipo de espectáculos.

Además, todo el entorno era precario y peligroso: asientos mal instalados, muchísimo frío, mala organización y un trato muy pobre por parte del personal. Incluso explicaron al público que una acróbata se había caído durante una actuación y que le habían lesionado. Todo transmitía dejadez y abandono.

Esto no es cultura, es explotación

Lo que ocurre en el Circ de Nadal no es una excepción. Es el resultado de un modelo que necesita someter y controlar a los animales para poder funcionar. Los mantiene encerrados, asustados, castigados y privados de todo lo que es natural para ellos.

Y lo más revelador es que ni siquiera el público lo quiere. La mayoría de la gente va al circo por el espectáculo humano. Los animales están ahí por negocio y por una tradición que ya no se sostiene. Qué maravilloso sería reemplazar esos cinco minutos de animales forzados por cinco minutos más de talento humano para que el circo fuera más justo, más ético y, además, diera trabajo a más personas sin aprovecharse de animales esclavizados.

Los animales no están aquí para entretenernos. No nacieron para vivir en jaulas ni para obedecer a un látigo. Y cada vez somos más las personas que lo tenemos claro.

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